domingo, 28 de septiembre de 2008

La mitología de los pueblos mayas



Todas las creaciones culturales que los mayas nos legaron, giran alrededor de una concepción religiosa, la cual, asegura que el mundo y todo lo conocido, está rodeado de energías sagradas que se manifiestan de diversas formas. Para los mayas, seres sobrenaturales crearon el cosmos con un importante objetivo: preservar su propia existencia. Un ser especial, el hombre, estaría a cargo de tal tarea porque era considerado el eje y motor del universo. Basados en esta concepción, los mayas hicieron de algunas actividades rituales, el centro de su existencia.

Sin embargo, antes de adentrarnos en el vasto mundo de las creencias mayas, hay que establecer las diferencias entre los diversos pueblos de la región, centrándonos en los textos coloniales que han llegado hasta nosotros. Las principales obras son: El Popol Vuh de los Quichés, El Memoriales de Sololá de los Cakchiqueles y los libros del Chilam Balam de los mayas de Yucatán. A pesar de su origen posterior a la conquista (Algunos autores desechan estos textos como fuente para conocer a los pueblos mayas), una serie de códices pre-hispánicos, estelas y representaciones artísticas, han confirmado la autenticidad de estos textos.

En general, para estos pueblos, el cosmos es parte de un proceso cíclico de creación-destrucción, siguiendo una evolución cualitativa, una idea que implica la infinitud del universo.

Las ideas mayas del espacio y el tiempo se basan en todas sus creencias y creaciones culturales, pero principalmente en sus textos históricos y adivinatorios, en sus conocimientos astronómicos y calendáricos y por supuesto en su concepción del universo.

Para algunos autores, los mayas son lo más fino de las Américas, en la construcción de un universo mítico.

Víctor J. Martínez

jueves, 25 de septiembre de 2008

Orfeo y Eurídice



Por allí, por el inmenso cielo se aleja Himeneo, cubierto
por un manto azafranado, se dirige hacia la orilla del Cícones
y en vano es llamado por la voz de Orfeo.
Aquél estuvo, sin duda, presente, pero no llevó ni palabras
solemnes ni rostros alegres ni un augurio favorable.
Incluso la antorcha que sostenía centelleó sin parar con humo
lacrimógeno sin encontrar ningún fuego en sus movimientos.
El desenlace fue peor que el presagio. Pues cuando paseaba
la novia por un prado acompañanada por un grupo de Náyades,
murió al sufrir en un tobillo la mordedura de una serpiente.
Después de llorarla mucho el poeta rodopeó hasta las brisas
etéreas y para no dejar de tantear incluso a las sombras,
osó descender hasta el Estige por la puerta del Ténaro;
por entre gente ingrávida y fantasmas que habían recibido
sepultura llegó ante Perséfone y el soberano que domina
los desagradables reinos de las sombras y, tras pulsar las cuerdas
al ritmo de su canto dijo así: "¡Divinidades del mundo
situado bajo tierra, al que caemos todo lo que nace mortal,
si es lícito y permitís decir la verdad sin los ambages
de una boca falsa, no he descendido aquí para ver
el tenebroso Tártaro ni para encadenar las tres gargantas,
erizadas de culebras de culebras del monstruoso meduseo;
el motivo de mi viaje es mi esposa, sobre la que una víbora
al pisarla derramó su veneno y le robó sus prometedores años.
Quise poder soportárlo y no diré que no lo he intentado:
venció al Amor. Este dios es bien conocido en la región de arriba;
si lo es también aquí, lo dudo, pero sospecho que también aquí
lo es y, si el rumor de un antiguo rapto no ha mentido, a vosotros
os unió también Amor. ¡Yo, por estos lugares llenos de miedo,
por este Caos enorme y el silencio de este vasto reino,
os suplico, volved a tejer el destino adelantado de Eurídice!
Todos os somos debidos y, demorándonos algo, antes o después
nos dirigimos deprisa a una única sede.

Aquí nos encaminamos todos, ésta es la última morada
y vosotros habitáis los reinos más extensos del género humano.
También ésta, cuando cumpla oportunamente los años
que le corresponden, será de vuestro dominio: como regalo pido
se disfrute. Pero, si los hados niegan la venia a mi esposa,
he decidido no regresar: alegraos con la muerte de los dos"
Mientras así decía y movía las cuerdas al son de sus palabras,
lo lloraban las almas sin vida: Tántalo no intentó coger
el agua huidiza, quedó parada la rueda de Ixíon,
las aves no arrancaron el hígado, quedaron libres de urnas
las Bélidas, y tú, Sísifo, te sentaste en tu propia roca.
Entonces por primera vez, se dice, las mejillas de las Euménides,
vencidas por el canto, se humedecieron de lágrimas; ni la regia
esposa ni quien rige lo más profundo, se atreven a decir que no
a quien suplica y llaman a Eurídice. Estaba ella entre las sombras
recientes y avanzó con paso lento a causa de la herida.
El rodopeo de Orfeo la recibió junto con la condición
de no volver hacia atrás sus ojos hasta haber salido
de los valles del Averno o el regalo quedaría sin efecto.



Toman una senda en pendiente a través de mudos silencios,
abrupta, oscura, llena de densa niebla.
Y no llegaron lejos del límite de la parte más alta de la tierra:
allí, temiendo que desfalleciera y ansioso por verla,
volvió el enamorado los ojos, y al punto aquella cayó de nuevo y,
extendiendo los brazos y luchando por ser alcanzada y alcanzar,
la desgraciada no coge nada sino las brizas que se escapan.
Y, al morir ya de nuevo, no se quejó para nada
de su esposo (pues ¿de qué se podría quejar sino de ser amada?)
dio el último "adiós" que ya apenas aquél recibió
en sus oídos y de nuevo volvió al mismo lugar.
Orfeo con la doble muerte de su esposa quedó estupefacto
igual que quien temeroso ha visto los tres cuellos del perro,
llevando el del medio las cadenas; a este hombre no le abandonó
el terror antes que su naturaleza anterior, al convertirse en roca
su cuerpo, como Óleno, quien se arrastró a sí mismo el crimen
y quiso pasar por culpable, o como tú, confinada en tu belleza,
desgraciada Letea, corazones muy unidos en otro tiempo,
ahora piedras, que sostiene el húmedo Ida.

El barquero había rechazado a Orfeo que suplicaba queriendo
en vano pasar de nuevo; con todo, estuvo sentado siete días
en la orilla, desaliñado, y sin el don de Ceres:
la pena, el dolor de su alma y las lágrimas fueron su alimento.
Tras quejarse de la crueldad de los dioses del Érebo, se retiró
al elevado Ródope y al Hemo, azotado por los Aquilones.

Titán había acabado por tercera vez el año que cierran
los acuáticos Peces, y Orfeo había evitado toda relación
femenina, o porque le había ido mal o porque había dado
su palabra; sin embargo, a muchas las dominaba el deseo
de unirse al poeta: muchas se dolieron de verse rechazadas.
Aquél también fue quien indujo a la gente de Tracia
a trasladar el amor a tiernos varones y antes de la juventud
coger la breve primavera de su edad y las primeras flores.

Del libro:
Ovidio. La Metamorfósis, Editorial Alianza, 2005, Madrid, España


miércoles, 24 de septiembre de 2008

El advenimiento de Tifón



En venganza por la destrucción de los gigantes, la Madre Tierra yació con el Tártaro, y al poco tiempo dio a luz al menor de sus hijos, Tifón, el mayor monstruo que jamás haya existido. De los muslos hacia abajo estaba formado por serpientes enroscadas, y sus brazos, que alcanzaban cien leguas de distancia en cada dirección, tenían, en lugar de manos, numerosas cabezas de serpientes; su cabeza de asno, de aspecto brutal, tocaba las estrellas, sus bastas alas oscurecían el sol, sus ojos echaban fuego, y de su boca arrojaba rocas encendidas. Cuando empezó a correr en dirección al Olimpo, los dioses huyeron aterrorizados a Egipto, donde se disfrazaron de animales.

Atenea fue la única que permaneció firme, y le echó en cara a Zeus su cobardía, hasta que el dios volvió a adoptar su auténtica forma y lanzó un rayo contra Tifón, seguido de un golpe de la misma hoz de pedernal que había servido para castrar a Urano. Tifón huyó al monte Casio, y allí los dos lucharon a brazo partido. Tifón enroscó sus miríadas de espirales alrededor de Zeus, le arrancó su hoz y, después de cortar con ella los tendones de sus manos y pies, lo arrastró hasta la cueva de Coricia. Zeus no podía mover ni un dedo, y Tifón había escondido los tendones en una piel de oso, vigilada por Delfine, una hermana monstruo con cola de serpiente.

La derrota de Zeus propagó la consternación entre los dioses, pero Hermes se acercó secretamente a la cueva, allí Pan asustó a Delfine con un grito repentino, mientras Hermes sustraía los tendones y volvía a colocarlos en los miembros de Zeus.

Zeus regresó al Olimpo y, montado en un carro tirado por caballos alados, persiguió una ve más a Tifón con rayos. Tifón llegó al monte Hemo en Tracia, y desde allí cogió montañas enteras y las lanzó contra Zeus; pero éste interpuso sus rayos, de modo que rebotaron sobre el mostruo hiriéndole horriblemente. Huyó hacia Sicilia y allí Zeus puso fin a la carrera y al combate al monte Etna sobre él; y hasta nuestros días el fuego sale con fuerza de su cono.


domingo, 21 de septiembre de 2008

La rebelión de los gigantes


Enfurecidos porque Zeus había encerrado a sus hermanos los Titanes en el Tártaro, ciertos gigantes, altos y temibles, tramaron un asalto a los cielos. Habían nacido de la madre tierra en Flegras, lugar de Tracia, y eran veinticuatro en total.

Sin previo aviso agarraron rocas y tizones, y los arrojaron hacia arriba desde las cimas de sus montes, poniendo en peligro a los olímpicos. Hera profetizó que los Gigantes jamás morirían por mano de alguna deidad, sino únicamente por la de un solo mortal, vestido con una piel de león; y que incluso éste no podría hacer nada a menos que los dioses se anticiparan al enemigo en su búsqueda de cierta hierba de invulnerabilidad, que crecía en un lugar secreto de la tierra. Inmediatametne Zeus fue a pedir consejo a Atenea; luego la envió a avisar a Heracles, el mortal con la piel de león, y prohibió a Eos, a Selene y a Helio que relucieran durante un tiempo. Bajo la luz de las estrellas, Zeus se puso a buscar a tientas, encontró la hierba, y logró llevarla a los cielos.

Los olímpicos ya podían trabar batalla con los gigantes. Heracles soltó su primera flecha contra Alcineo, el jefe del enemigo. Alcineo, cayó, pero volvió a ponerse en pie de un salto, porque aquella era su tierra natal de Flegras.

- ¡Rápido! - exclamó Atenea -. ¡Arrástralo a otro país!

Heracles cogió a Alcineo y lo arrastró hasta el otro lado de la frontera tracia, donde lo despachó con una maza.



Seguidamente Porfirión entró en los cielos dando un gran salto desde la alta pirámide de rocas que los gigantes habían amontonado, y ninguno de los dioses logró mantenerse firme. Se abalanzó sobre Hera con la intención de estrangularla, pero una flecha disparada por Eros le hirió en el hígado, y cambió su cólera por lujuria. Zeus, al ver que su esposa estaba a punto de ser ultrajada, derribó a Porfirión con un rayo. El gigante se puso en pie nuevamente, pero Heracles, que regresaba en el momento oportuno, le hirió de muerte con una flecha. Mientras tanto Efialtes había golpeado a Ares hasta ponerlo de rodillas, pero Apolo hirió al infeliz en el ojo izquierdo y Heracles le clavó otra flecha en el derecho. Así murió Efialtes.

Y sucedió que, cada vez que un dios hería a un gigante, era Heracles quien tenía que asestarle el golpe mortal. Las diosas Hestia y Deméter, amantes de la paz, no participaron en el conflicto y observaban consternadas retorciéndose las manos.

Sintiéndose desalentados, los demás gigantes huyeron de nuevo a la tierra, perseguidos por los olímpicos. Atenea lanzó una enorme jabalina contra Encélado que lo aplastó por completo y se transformó en la isla de Sicilia. Y Posidón partió un trozo de la isla de Cos con su tridente y lo arrojó contra Polibotes; esto se convirtió en la cercana isla de Nistros, bajo la cual está enterrado el gigante.

El resto de los gigantes opusieron su última resistencia en Batos, cerca de Trapezunte, en Arcadia. Hermes, después de tomar prestado el casco de invisibilidad de Hades, derribó a Hipólito, y Ártemis atravesó a Gración con una flecha, mientras que, con sus manos de mortero, las Parcas rompían de Agrio y Toante. Ares, con su lanza, y Zeus, con su rayo, se encargaron entonces de los demás, aunque llamaron a Heracles para que despachara a cada gigante cuando caía.

Del libro:
Graves, Robert. Los mitos griegos, Ed. Ariel, Madrid 2004.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El mito griego de la creación (1)


Fragmento de Teogonía (Hesiodo)

(...) En primer lugar existió, realmente, el Caos. Luego Gea, de ancho pecho, sede siempre firme de todos los inmortales que ocupan la cima del nevado Olímpo; [En lo más profundo de la tierra, de amplios caminos, el sombrío Tártaro], y Eros, el más bello entre los dioses inmortales, desatador de miembros, que en los pechos de todos los dioses y de todos los hombres su mente y prudente decisión somete.

Del Caos nacieron Érebo y la Negra Noche. De la Noche, a su vez, surgieron Éter y Hémera, a los que engendró como fruto de sus amores con Érebo.

Gea primeramente dio a luz al estrellado Urano, semejante a ella misma, para que la protegiera por todas partes, con el fín de ser así asiento seguro para los felices dioses. También alumbró a las grandes Montañas, agradables moradas de las Ninfas, que habitan los abruptos montes. Asimismo trajo a la luz al estéril mar, de impetuosas olas, el Ponto, sin el desable amor.
Después acostándose con Urano, engendró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe, coronada de Oro, y a la amable Tetis. Después de éstos nació el más joven, el astuto Crono, el más temible de los hijos, y se llenó de odio hacia su vigoroso padre.




Por otra parte, dio a luz a los Cíclopes de orgulloso pecho, a Brontes, a Estéropes y a Arges, de violento ánimo, que le regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo. Éstos eran semejantes a los dioses en lo demás [pero tenían un solo ojo enmedio de su frente]. La denominación "Cíclope" se debía a que, efectivamente, en su frente había un solo ojo circular. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus obras.

También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en su enorme cuerpo.

Pues bien, cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y gozaba cínicamente con su malvada acción.

La monstruosa Gea, a punto de reventar, se quejaba en su interior y urdió una cruel artimaña. Produciendo al punto un tipo brillante de acero, forjó una enrome hoz y luego le explicó el plan a sus hijo. Armada de valor dijo aflijida en su corazón:

"¡Hijos míos y de soberbio padre! si queréis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de vuestro padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."

Así habló y lógicamente un temor los dominó a todos y ninguno de ellos se atrevió a hablar. Mas el poderoso Cronos, de mente retorcida, armado de valor, al punto respondió con estas palabras a su prudente madre
:


"Madre yo podría, lo prometo, realizar dicha empresa, ya que no siento piedad por nuestro abominable padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones"

Así habló. La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y le apostó secretamente en emboscada. Puso en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente la trampa.

Vino el poderoso Urano conduciendo la noche, se echó sobre la tierra ansioso de amor y se extendió por todas partes. El hijo saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados dientes, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó a la ventura por detrás.

No en vano escaparon aquellos de su mano. Pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en sus mano largas lanzas, y a las Ninfas que llaman Melias sobre la tierra ilimitada. En cuanto a los genitales, desde el preciso instante en que los cercenó con el acero y los arrojó lejos del continente en el tempestuoso pnto, fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de lla nació una doncella.

Primero navegó hacia la divina Citera y desde allí se dirigió después a Chipre rodeada de corrientes. Salió del mar la augusta y bella diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno. Afrodita [...] la llaman los dioses y los hombres, porque nació en medio de la espuma...


El poeta agricultor

En contraste con Homero, del que poco se sabe, Hesiodo nos dejó un sinfín de pistas dentro de su obra, las cuales nos hablan de un hombre sencillo, dedicado por deber al cultivo de la tierra, pero hijo de la creación artística por designio de las musas.

Hesiodo tal vez nació en la Beocia, posiblemente entre el siglo VIII o VII a.C., hijo de un antiguo comerciante, el autor posiblemente vivió sus primeros años de manera holgada o por lo menos despreocupada en algunos sentidos. No obstante, al morir su padre, tuvo un fuerte conflicto con su hermano, Perses, por la repartición del testamento. Probablemente esta repartición no le fue favorable, ya que de este amargo trago surgirá Los Trabajos y Los Días, obra que proclama el trabajo duro y la justicia como elementos básicos de los hombres.

También gracias a su obra, se sabe que, contrario al espíritu marino del padre, Hesiodo sólo abandonó su patria en una ocasión, para participar en los juegos funebres de Calcis, donde, según la leyenda, venció a Homero en un Certamen de aedos. Alguno académicos creen que la victoria legendaria de Hesiodo, se debe en gran medida a su poesía sobre las labores pácificas del hombre, por encima del belicoso arte de Homero.

Según la creencia, contenida en la obra Certamen, Hesiodo murió en Énoe, justo después de su victoria sobre Homero, asesinado por los hermanos de una jóven a la que el poeta había seducido en este lugar. Sin embargo, debido a las grandes transformaciones que tuvo está obra a través de los siglos (Su forma final data de las épocas del emperador romano Adriano), es ampliamente discutida y para algunos obra del imaginario popular.

Víctor J. Martínez

La mitología griega



Ciertas civilizaciones han construido su mitología básicamente sobre alguno de estos componentes, como la romana, cuyos mitos genuinos son casi exclusivamente leyenda, aunque sus carencias fueron subsanadas posteriormente por la adopción en bloque de toda la mitología griega. Ésta, por el contrario, es una prodigiosa creación de la fantasía en la que se entremezclan, de manera indiferenciable en muchos casos, los tres componentes. Añádase que los personajes míticos han sufrido, con el paso del tiempo, asensos o degradaciones, cuando no fusiones (...).
Y también que la ausencia de centralización política provocó una barahúnda de tradiciones locales, buscando un modo de perpetuarse, se incorporaron como pudieron al mito. Por todo ello, la mitología griega es enormemente compleja. Además, es difícil entender ciertas de sus características si no hacemos un estudio de las relaciones del mito con otros aspectos de la cultura en la que se desenvolvió.

Del libro:

Apolodoro. Biblioteca Mitológica. Traducción de Julián García Moreno. Editorial Alianza, 2004.



martes, 16 de septiembre de 2008

Himnos Homéricos



Fragmentos del Himno a Dióniso

Unos dicen que Sémele, habiéndote concebido de Zeus que se complace en el rayo, te dio a luz en Drácano; otros que en la ventosa Ícaro; otros, que en Naxos, oh retoño divino Irafiota; otros, que junto al río Alfeo de profundos remolinos; y otros afirman, oh soberano, que naciste en Tebas. Pero mienten todos, que a ti te dio a luz el padre de los hombres y de los dioses, lejos de los humanos, escondiéndose de Hera, la de níveos brazos. Hay una montaña, Nisa, de gran altura, cubierta de bosque, situada lejos de Fenicia y cerca de la corriente del Egipto.

(Fragmento Perdido)

Y le erigirán muchas estatuas en los templos. Como lo dividió en tres partes, los hombres te ofrecen constantemente, cada tres años, perfectas hecatombes.

Dijo, y el Cronión bajó las negras cejas en señal de asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su influjo se estremeció el dilatado Olimpo.

Así habiendo hablado, lo ratificó con la cabeza el próvido Zeus.

Sénos propicio, Irafiota, apasionado por las mujeres; los aedos te cantamos al empezar y al terminar; y no es posible acordarse del sagrado canto y olvidarse de ti.

Y así, salve tú, oh Dióniso, Irafiota, con tu nombre sémele, a quien llaman Tiona.


El más grande de los griegos


"Los griegos han conquistado el corazón de los hombres, mientras que los romanos no pudieron conquistar más que el mundo"



El problema de hablar sobre Homero como un autor, es lo complicado para encontrar a la figura histórica de entre todas las acepciones legendarias.

Para los helenos de la época clásica y helenística, era innegable que Homero existió. Para ellos este poeta ciego era el más grande autor jamás visto; sus dos poemas épicos, la Iliada y la Odisea, determinaron gran parte de la producción literaria clásica, latina y renacentista. Las escenas descritas por el poeta han sido inmortalizadas a través de todos los tiempos y por los más renombrados artistas, en cierto modo, Homero ha sido, y será, uno de los más reconocidos autores occidentales.

Sin embargo, la llamada "cuestión homérica", ha tenido a los grandes académicos discutiendo acaloradamente sobre la existencia del autor. En parte debido a que después de un exhaustivo estudio de sus grandes poemas, pueden encontrarse algunas contradicciones en diversos capítulos. Ha llegado a creerse que la Iliada y la Odisea son compendios de diferentes autores, con adiciones en etapas posteriores y que probablemente adquirió su forma final en la época clásica.

No obstantes los defensores de Homero, atribuyen estas variaciones a las adiciones hechas por autores posteriores y también a la tradición oral, método con el que Homero difundió sus creaciones.

Podríamos pasar nuestras vidas discutiendo sobre la existencia del gran poeta, sin embargo lo más importante es la aportación que la Iliada y la Odisea hicieron a la literatura universal, mostrando el gran potencial creador de su pueblo, el cual, siglos después, conquistaría al mundo con versos y no con la espada.

Víctor J. Martínez

sábado, 13 de septiembre de 2008

Materiales del Mito



"Mito" es una palabra griega que significa cualquier tipo de relato, historia o ficción; se aplica tanto a los símiles o alegorías de Platón como a las fábulas de Esopo. En las lenguas modernas, no obstante, el término se ha especializado técnicamente para designar las narraciones de hechos sucedidos en una época ideal, o en todo caso remota, cuyos protagonistas son considerados divinos o semidivinos.

Ahora bien, cualquier mito, tal como lo conocemos hoy, es el resultado de un proceso en el que se han integrado en proporción diversa y no siempre discernible tres componentes que, en su origen, eran independientes:

a) El mito propiamente dicho. Mito es, en este sentido estricto, el relato cuyos protagonistas son personajes divinos. Es difícil, como en los demás casos, presentar ejemplos en estado puro, pero en nuestra obra se puede ofrecer como tal el mito cosmogónico del comienzo, ya que es lógico que en el principio del mundo sólo intervengan los dioses. En su origen, este elemento debió ser una especulación acerca de la naturaleza de lo divino y, por lo tanto, tiene relación con la religión.

b) La leyenda heroica, también llamada saga en algunos manuales. Si se ha dicho antes que mito en general es la narración en que intervienen los personajes divinos o semidivinos y mito en sentido aquella cuyos protagonistas son los semidivinos y así es en efecto. Pero esta distinción no se hace por el mero placer de dividir o clasificar, sino porque existen diferencias significativas tanto de origen como de naturaleza.



La leyenda tiene su origen en hechos históricos realmente acaecidos; con el tiempo, no obstante, y debido a las particularidades de la trasmisión oral, estos hechos han sido desfigurados. Además de la incorporación de elementos procedentes del componente siguiente, la leyenda se ha contaminado del anterior, pues no sólo se hace intervenir activamente a los dioses en las hazañas de los humanos, sino que sin aquéllos éstos no existirían, pues son sus descendientes.

En efecto, el protagonista de la leyenda es el héroe -0 semidiós-, que, a efectos mitológicos, se define como el descendiente de una deidad. El héroe en primer grado es hijo de un dios y una mujer, o a la inversa, de un hombre y una diosa, pero también son héroes y sus descendientes, al menos en la Edad Heroica, cuyo final coincide a grosso modo con el del II milenio a.C.

Como ejemplo de leyenda en estado puro, lo que nos dará una idea de cómo eran estos relatos en su origen, se pueden aducir las peripecias de los Heráclidas, que no por casualidad son los últimos héroes, es decir, aquellos cuya historia ha tenido menos tiempo de cargarse de elementos inverosímiles. Aquí la intervención de los dioses se reduce a la que se les atribuye en época histórica: oráculos, envío de plagas, etc.

c) El cuento popular, que en algunos manuales de mitología se designa con la voz inglesa folk-tale o la alemana Märchen, debido a que fueron estudiosos de estas nacionalidades los que definieron el concepto. Es una ficción, como puede ser en nuestra cultura el cuento del sastrecillo valiente, o el de Simbad entre los árabes. En su origen no tienen nada que ver con la mitología, pero se incorpora a ésta cuando se heroíza o diviniza su protagonista o se atribuye su contenido a un héroe o dios previamente existente. Por ejemplo, es un motivo de cuento popular en varias culturas el de la esposa que espera al marido ausente asediada por los pretendientes y la llegada del marido en el momento justo, que se incorporó a la leyenda de Odiseo.

Del libro:

Apolodoro. Biblioteca Mitológica. Traducción de Julián García Moreno. Editorial Alianza, 2004.
pags. 8-10