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domingo, 21 de septiembre de 2008

La rebelión de los gigantes


Enfurecidos porque Zeus había encerrado a sus hermanos los Titanes en el Tártaro, ciertos gigantes, altos y temibles, tramaron un asalto a los cielos. Habían nacido de la madre tierra en Flegras, lugar de Tracia, y eran veinticuatro en total.

Sin previo aviso agarraron rocas y tizones, y los arrojaron hacia arriba desde las cimas de sus montes, poniendo en peligro a los olímpicos. Hera profetizó que los Gigantes jamás morirían por mano de alguna deidad, sino únicamente por la de un solo mortal, vestido con una piel de león; y que incluso éste no podría hacer nada a menos que los dioses se anticiparan al enemigo en su búsqueda de cierta hierba de invulnerabilidad, que crecía en un lugar secreto de la tierra. Inmediatametne Zeus fue a pedir consejo a Atenea; luego la envió a avisar a Heracles, el mortal con la piel de león, y prohibió a Eos, a Selene y a Helio que relucieran durante un tiempo. Bajo la luz de las estrellas, Zeus se puso a buscar a tientas, encontró la hierba, y logró llevarla a los cielos.

Los olímpicos ya podían trabar batalla con los gigantes. Heracles soltó su primera flecha contra Alcineo, el jefe del enemigo. Alcineo, cayó, pero volvió a ponerse en pie de un salto, porque aquella era su tierra natal de Flegras.

- ¡Rápido! - exclamó Atenea -. ¡Arrástralo a otro país!

Heracles cogió a Alcineo y lo arrastró hasta el otro lado de la frontera tracia, donde lo despachó con una maza.



Seguidamente Porfirión entró en los cielos dando un gran salto desde la alta pirámide de rocas que los gigantes habían amontonado, y ninguno de los dioses logró mantenerse firme. Se abalanzó sobre Hera con la intención de estrangularla, pero una flecha disparada por Eros le hirió en el hígado, y cambió su cólera por lujuria. Zeus, al ver que su esposa estaba a punto de ser ultrajada, derribó a Porfirión con un rayo. El gigante se puso en pie nuevamente, pero Heracles, que regresaba en el momento oportuno, le hirió de muerte con una flecha. Mientras tanto Efialtes había golpeado a Ares hasta ponerlo de rodillas, pero Apolo hirió al infeliz en el ojo izquierdo y Heracles le clavó otra flecha en el derecho. Así murió Efialtes.

Y sucedió que, cada vez que un dios hería a un gigante, era Heracles quien tenía que asestarle el golpe mortal. Las diosas Hestia y Deméter, amantes de la paz, no participaron en el conflicto y observaban consternadas retorciéndose las manos.

Sintiéndose desalentados, los demás gigantes huyeron de nuevo a la tierra, perseguidos por los olímpicos. Atenea lanzó una enorme jabalina contra Encélado que lo aplastó por completo y se transformó en la isla de Sicilia. Y Posidón partió un trozo de la isla de Cos con su tridente y lo arrojó contra Polibotes; esto se convirtió en la cercana isla de Nistros, bajo la cual está enterrado el gigante.

El resto de los gigantes opusieron su última resistencia en Batos, cerca de Trapezunte, en Arcadia. Hermes, después de tomar prestado el casco de invisibilidad de Hades, derribó a Hipólito, y Ártemis atravesó a Gración con una flecha, mientras que, con sus manos de mortero, las Parcas rompían de Agrio y Toante. Ares, con su lanza, y Zeus, con su rayo, se encargaron entonces de los demás, aunque llamaron a Heracles para que despachara a cada gigante cuando caía.

Del libro:
Graves, Robert. Los mitos griegos, Ed. Ariel, Madrid 2004.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El mito griego de la creación (1)


Fragmento de Teogonía (Hesiodo)

(...) En primer lugar existió, realmente, el Caos. Luego Gea, de ancho pecho, sede siempre firme de todos los inmortales que ocupan la cima del nevado Olímpo; [En lo más profundo de la tierra, de amplios caminos, el sombrío Tártaro], y Eros, el más bello entre los dioses inmortales, desatador de miembros, que en los pechos de todos los dioses y de todos los hombres su mente y prudente decisión somete.

Del Caos nacieron Érebo y la Negra Noche. De la Noche, a su vez, surgieron Éter y Hémera, a los que engendró como fruto de sus amores con Érebo.

Gea primeramente dio a luz al estrellado Urano, semejante a ella misma, para que la protegiera por todas partes, con el fín de ser así asiento seguro para los felices dioses. También alumbró a las grandes Montañas, agradables moradas de las Ninfas, que habitan los abruptos montes. Asimismo trajo a la luz al estéril mar, de impetuosas olas, el Ponto, sin el desable amor.
Después acostándose con Urano, engendró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe, coronada de Oro, y a la amable Tetis. Después de éstos nació el más joven, el astuto Crono, el más temible de los hijos, y se llenó de odio hacia su vigoroso padre.




Por otra parte, dio a luz a los Cíclopes de orgulloso pecho, a Brontes, a Estéropes y a Arges, de violento ánimo, que le regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo. Éstos eran semejantes a los dioses en lo demás [pero tenían un solo ojo enmedio de su frente]. La denominación "Cíclope" se debía a que, efectivamente, en su frente había un solo ojo circular. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus obras.

También de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se albergaba en su enorme cuerpo.

Pues bien, cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y gozaba cínicamente con su malvada acción.

La monstruosa Gea, a punto de reventar, se quejaba en su interior y urdió una cruel artimaña. Produciendo al punto un tipo brillante de acero, forjó una enrome hoz y luego le explicó el plan a sus hijo. Armada de valor dijo aflijida en su corazón:

"¡Hijos míos y de soberbio padre! si queréis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de vuestro padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."

Así habló y lógicamente un temor los dominó a todos y ninguno de ellos se atrevió a hablar. Mas el poderoso Cronos, de mente retorcida, armado de valor, al punto respondió con estas palabras a su prudente madre
:


"Madre yo podría, lo prometo, realizar dicha empresa, ya que no siento piedad por nuestro abominable padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones"

Así habló. La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y le apostó secretamente en emboscada. Puso en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente la trampa.

Vino el poderoso Urano conduciendo la noche, se echó sobre la tierra ansioso de amor y se extendió por todas partes. El hijo saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados dientes, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó a la ventura por detrás.

No en vano escaparon aquellos de su mano. Pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en sus mano largas lanzas, y a las Ninfas que llaman Melias sobre la tierra ilimitada. En cuanto a los genitales, desde el preciso instante en que los cercenó con el acero y los arrojó lejos del continente en el tempestuoso pnto, fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de lla nació una doncella.

Primero navegó hacia la divina Citera y desde allí se dirigió después a Chipre rodeada de corrientes. Salió del mar la augusta y bella diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno. Afrodita [...] la llaman los dioses y los hombres, porque nació en medio de la espuma...